Hace unas semanas, mientras revisaba los historiales clínicos y los registros de longevidad de nuestras poblaciones animales en las instalaciones, me detuve a reflexionar sobre la regla más absoluta e inquebrantable de la biología terrestre: la senescencia. Desde los invertebrados más efímeros hasta los grandes felinos y los primates que estudiamos, cada célula de un organismo eucariota opera bajo un reloj de arena genético. Con cada división celular, los telómeros se acortan, el ADN acumula errores de transcripción y el colapso sistémico que llamamos envejecimiento se vuelve un destino matemático inevitable. Aceptamos la muerte como el precio a pagar por la complejidad pluricelular. Sin embargo, en las aguas del Mar Mediterráneo y las costas de Japón, flota una criatura del tamaño de la uña de un meñique que ha hackeado este código fuente. Un organismo que, al enfrentarse a la muerte, no perece, sino que rebobina su propio reloj biológico hasta la infancia para volver a empezar, desafiando el dogma fundamental de la entropía orgánica.
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