Hoy quiero que empecéis pensando en vuestro ordenador o en el servidor donde guardáis vuestras fotos. ¿Qué es lo primero que escucháis cuando le pedís una tarea compleja? El ventilador. El zumbido constante de una máquina luchando contra un enemigo invisible: el calor. En el universo físico, el orden cuesta energía, y el precio de esa energía es el calor residual. Es la segunda ley de la termodinámica: la entropía siempre aumenta.
Ahora, trasladad ese problema a la biología. Un animal no es más que una máquina térmica extraordinariamente compleja. Millones de reacciones químicas ocurren por segundo en vuestras células para manteneros vivos. Cada una de ellas genera calor. Si no sacas ese calor fuera, las proteínas —que son el "hardware" estructural de vuestras células— se desnaturalizan. Básicamente, se cocinan. Vuestro cerebro se convertiría en un huevo duro a partir de los 42 o 43 grados Celsius.
Pero el frío no es mejor. Si la temperatura baja demasiado, las reacciones químicas se ralentizan hasta detenerse. Y peor aún: el agua, que compone el 70% de vuestro cuerpo, se congela. Y al congelarse, se expande y forma cristales con bordes afilados que desgarran las membranas celulares desde dentro. Congelarse es, a nivel microscópico, ser apuñalado por millones de cuchillos de hielo.
Entonces, ¿cómo es posible que la vida prospere en el Valle de la Muerte a 50 grados y en la Antártida a 60 bajo cero? La respuesta es que los animales llevan millones de años de ventaja a nuestros ingenieros en el diseño de sistemas de climatización. Hoy vamos a abrir el capó de la evolución. Vamos a hablar de fluidodinámica, de óptica cuántica aplicada al pelaje y de química criogénica. Hoy vamos a descubrir cómo la vida hackea la física para no arder y no congelarse.