El otro día, mientras paseaba por los alrededores de Toledo con los prismáticos colgados al cuello, me detuve a observar a una urraca. Estaba posada en la rama de un almendro, escudriñando el suelo con esa inteligencia afilada que caracteriza a los córvidos. Los que nos dedicamos a la conservación solemos hablar del valor intrínseco de la biodiversidad, de la obligación moral que tenemos de proteger a las especies simplemente porque comparten este planeta con nosotros. Pero, mientras veía a esa urraca capturar un gran insecto y desaparecer volando, me asaltó un pensamiento mucho más pragmático. Nos pasamos la vida invirtiendo millones de euros en infraestructuras, en sanidad, en agricultura y en control de plagas, ignorando casi por completo que ahí fuera, sobre nuestras cabezas, hay un ejército incansable de trabajadores alados que nos brindan servicios multimillonarios de forma completamente gratuita. A veces, para convencer a la sociedad de que la naturaleza importa, no basta con apelar a la belleza; hace falta poner los números exactos sobre la mesa.
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