Imagina dedicar cada hora de tu juventud, toda tu pasión y la inmensa fortuna de tu familia a construir el paraíso en la Tierra. Un edén literal, rebosante de las aves y mamíferos más raros, hermosos y desconocidos del planeta, viviendo en una armonía casi irreal. Ahora, imagina que la locura humana, en forma de la Primera Guerra Mundial, reduce ese paraíso a cenizas, cráteres y escombros. Y cuando por fin logras recoger los pedazos de tu vida, compras un castillo en ruinas y logras reconstruir ese edén desde cero durante veinte años, con aún más esplendor y rigor científico... una Segunda Guerra Mundial vuelve a pasarle por encima, aniquilando el trabajo de toda tu vida por segunda vez. Para cualquier persona normal, esto supondría la rendición absoluta, el cinismo total y, muy probablemente, la locura. Pero nuestro protagonista de hoy no era una persona normal; era un gigante de la biología, un explorador incansable y, sin lugar a dudas, el mayor avicultor y ornitólogo que ha visto la historia moderna.
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