El otro día he visto un artículo repasando la actualidad tecnológica que me ha dejado completamente clavado en la silla. Nada de estar paseando por la ciudad observando monumentos o cruzándome con la gente; estaba tranquilamente frente al monitor cuando me topé con una noticia que me dio un auténtico vuelco a la cabeza. Hablaba de algo tan cotidiano, tan aparentemente inofensivo y tan masivo como Pokémon GO. Todos recordamos esa fiebre: deslizar el dedo frenéticamente por las pantallas de los móviles, girar sobre nosotros mismos, apuntar con las cámaras a la base de una estatua o al suelo empedrado de una plaza. Creíamos, con total inocencia, que estábamos simplemente intentando cazar a un escurridizo monstruo de bolsillo o sumando puntos para conquistar un gimnasio virtual. Pero, leyendo los detalles de esa noticia, me di cuenta de que millones de personas en todo el planeta llevamos casi una década creyendo que éramos simples y entusiastas jugadores, cuando en realidad, estábamos trabajando gratis en la obra de ingeniería de datos más colosal de la historia humana. Sin saberlo, hemos estado mapeando el mundo, centímetro a centímetro, para alimentar a la inteligencia artificial más ambiciosa jamás concebida.
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