Hace unos días, mientras revisaba mi lector de noticias buscando información sobre tecnología de almacenamiento, me topé con un artículo fascinante sobre ingeniería aeroespacial. Detallaba los enormes retos a los que se enfrentan los diseñadores para fabricar cajas negras de aviones que sean aún más resistentes a los impactos extremos. Me quedé absolutamente atrapado al leer que la respuesta tecnológica, el diseño revolucionario que buscaban estos ingenieros de vanguardia, lleva millones de años volando sobre nuestras cabezas y tallando la madera muerta de nuestros bosques. Imagina estrellar tu propia cabeza contra un muro de roble macizo a veinticinco kilómetros por hora. Y ahora imagina hacerlo veinte veces por segundo, miles de veces al día. Para cualquier vertebrado normal, este nivel de impacto convertiría el cerebro en una papilla informe en cuestión de milisegundos. Sin embargo, este animal desafía absolutamente todas y cada una de las leyes de la biomecánica y la física de colisiones.
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