A veces, cuando estoy en la sala de incubación de la Fundación ZOO KOKI, rodeado por el zumbido constante de los ventiladores de las incubadoras y el parpadeo de los displays digitales que marcan 37,7 grados, me detengo a pensar en lo que tengo delante.
No es solo un huevo. Es una cápsula de tiempo. Es, probablemente, el diseño más perfecto de la naturaleza. Imaginen por un segundo un sistema de soporte vital completamente autónomo, capaz de respirar, proteger, alimentar y transformar una sola célula en un ser complejo con huesos, plumas, pico e instintos, todo ello aislado del mundo exterior por una barrera de carbonato de calcio de apenas unos milímetros de espesor.
Hoy no vamos a hablar de aves volando libres, ni de rastros en el barro. Hoy vamos a hacer un viaje hacia el interior. Vamos a hablar de calor, de humedad, de física y de la tensa espera que supone la incubación. Porque, amigos, en el mundo de la conservación de especies amenazadas, a veces el futuro de toda una población cabe en la palma de mi mano y pesa menos de 50 gramos.
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