Cierra los ojos e imagina el fin del mundo hace exactamente sesenta y seis millones de años. El firmamento se oscurece por completo, un invierno nuclear de proporciones dantescas envuelve el planeta azul, y los amos indiscutibles de la Tierra durante eras, los formidables dinosaurios no avianos, caen asfixiados y hambrientos en un yermo de ceniza perpetua. Parece el punto y final definitivo del libro de la vida, un cataclismo ciego del que ninguna maravilla biológica podría llegar a surgir. Y, sin embargo, en medio de esa desolación absoluta, entre las ruinas humeantes del período Cretácico, unos pequeños dinosaurios terópodos, emplumados, ágiles y extremadamente frágiles, encuentran una insospechada salida. No sobrevivieron a la aniquilación por ser los más pesados, ni por poseer las escamas más gruesas o las garras más temibles del entorno. Sobrevivieron porque habían forjado, a través de millones de años de incesante prueba y error genético, la herramienta de supervivencia más versátil, eficiente y asombrosa jamás concebida por la ingeniería evolutiva: el rostro de queratina.
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