Existe una extraña e inherente obsesión en la condición humana por atesorar y proteger aquello que consideramos de incalculable valor. Levantamos fortalezas de acero y hormigón armado para custodiar lingotes de oro, construimos museos climatizados con tecnología militar para preservar lienzos pintados hace siglos, y ciframos nuestros datos más confidenciales en servidores ocultos bajo montañas. Sin embargo, si mañana el cielo se oscureciera por una catástrofe global, si el clima enloqueciera definitivamente o si la insensatez de la guerra arrasara nuestros campos fértiles, ni el oro brillante ni los cuadros renacentistas podrían alimentar a un solo niño. El verdadero tesoro de la humanidad, el patrimonio más crítico, irreemplazable y frágil que poseemos, no brilla en la oscuridad ni cotiza en las bolsas de valores. Son pequeños, discretos y aparentemente inertes granos de vida, el resultado exacto de millones de años de ciega evolución biológica y de diez mil años de paciente y laboriosa domesticación humana. Para proteger este tesoro definitivo, hemos construido la caja fuerte más extrema e inaccesible de la historia, una instalación diseñada para resistir el mismísimo apocalipsis.
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