Hoy no os hablo desde la Fundación ZOO KOKI, ni desde mi estudio de fotografía. Hoy os hablo desde el suelo del salón de mis padres, en 1986. Tengo 7 años, estoy merendando un bocadillo de Nocilla y frente a mí tengo una máquina que parece el cuadro de mandos de un avión de combate.
Tiene teclas rojas, azules y verdes. Tiene un monitor de fósforo verde que te broncea la retina. Y lo más importante: tiene una puertecita mágica a la derecha donde metes cintas de casete. Damas y caballeros, hoy rendimos homenaje a mi primer amor y mi primer dolor de cabeza: el Amstrad CPC 464. La máquina que me enseñó informática a base de latigazos de frustración y destellos de gloria.
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