Hemos estado unos meses aquí en Toledo en los que parecía que el cielo se había negado por completo a darnos una tregua. Ha estado lloviendo con una insistencia casi dramática; semanas enteras en las que el gris plomizo de las nubes se ha instalado de forma permanente sobre nuestras cabezas, empapando la tierra, desbordando los arroyos y convirtiendo los caminos en auténticos barrizales. El otro día, mientras miraba por la ventana, observando cómo el agua no paraba de caer con una fuerza inusitada, me quedé hipnotizado por la furia de la tormenta. Escuchaba la lluvia incesante contra el cristal y, de repente, mi mente viajó hacia atrás en el tiempo. Pensé en el poder devastador y transformador del agua, y me di cuenta de que este inmenso temporal que nos tiene a todos hartos de usar el paraguas y pisar charcos no es más que una ligerísima anécdota, una simple gota de rocío, comparado con el mayor cataclismo climático de la historia de nuestro planeta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario