jueves, 26 de febrero de 2026

56 - William Beebe, de las cumbres del Himalaya al abismo de acero.

Imaginad la superficie del océano. Es un espejo inmenso y en constante movimiento que refleja el cielo, las nubes y las estrellas. Durante milenios, la humanidad navegó sobre ese espejo. Trazamos mapas de los continentes, cruzamos cabos traicioneros y libramos batallas en su superficie. Pero, hasta hace menos de un siglo, lo que se ocultaba debajo de esa fina capa de agua iluminada por el sol era un misterio más oscuro y aterrador que la cara oculta de la luna. A principios del siglo veinte, los científicos creían que por debajo de los quinientos metros de profundidad, el océano era un desierto biológico. Un abismo de negrura absoluta, frío congelante y una presión tan aplastante que resultaba físicamente imposible que la vida pudiera existir.

Hoy vamos a sumergirnos en la historia del hombre que destrozó ese dogma. Un científico que no era marinero, ni ingeniero naval, sino un estudioso de las aves que, tras recorrer las cumbres más altas y las selvas más densas del planeta, decidió que la única forma de entender los límites de la vida era encerrarse en una esfera de acero fundido, colgar de un cable del grosor de un pulgar, y dejarse caer hacia el fondo del mundo.

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